¡Casi nada, la paz mundial! Aquí me he colado, pensarán ustedes. Pero no me juzguen severamente antes de oír (o leer) lo que tengo que decir al respecto. ¿Por qué incluyo este capítulo arriesgándome a parecer presuntuoso y exagerado? Cuando se le pide un deseo a alguien de forma general, casi todo el mundo pensamos en lo mismo: la paz mundial. Por supuesto que todos creemos que esto es algo descabellado e imposible (yo incluido), pero sin embargo no nos impide que sigamos deseándolo fervientemente. Por eso precisamente me gustaría hablar sobre ello; ya que es algo que a todo el mundo nos interesa y porque la única forma de acercarnos a ese deseo es a través de la sabiduría.
¿Por qué solemos ver la paz mundial como algo lejano e imposible? Muy sencillo, porque casi todo el mundo cree que es algo que sólo compete a los gobiernos, organismos oficiales, ejércitos y demás organizaciones que trabajan exclusivamente para este fin. Ese es el error que todos cometemos y por el cual es tan difícil de lograr la tan ansiada paz.
“Para que haya paz en el mundo,
es necesario que las naciones vivan en paz.
Para que haya paz entre las naciones,
las ciudades no deben levantarse una contra otra.
Para que haya paz en las ciudades,
los vecinos deben entenderse.
Para que haya paz entre los vecinos,
hace falta que reine la armonía en el hogar.
Para que haya paz en casa,
hay que encontrarla en el corazón de cada uno.”
Esta es una de mis citas favoritas, pertenece al creador del taoísmo chino Lao Tse. Resume perfectamente la idea que trato de transmitir. Si realmente se desea la paz, primero hay que buscarla en nuestro interior y en nuestro entorno. Ustedes pensarán que muy poco pueden hacer para evitar que se peleen israelitas y palestinos, por ejemplo, y tienen razón, eso les pilla lejos. Pero piensen que lo que ahora está ocurriendo allí y en otros muchos países, cualquier día puede ocurrir aquí, en el nuestro, como de hecho ya ha pasado en otros tiempos, y la única forma de evitarlo está en cada uno de nosotros. Recuerden las palabras de John Lennon: “¿Qué ocurriría si estallase una guerra y nadie va?”, o algo parecido.
Además, una guerra no tiene porqué ser sólo a base de bombas, tanques, soldados y aviones; la proliferación de la violencia callejera, la falta de seguridad en las ciudades, el fanatismo religioso y político, el aumento de los accidentes de tráfico, el vandalismo en los acontecimientos deportivos, el racismo y la xenofobia, etcétera. En definitiva, cualquier acto que viole la armonía entre ciudadanos se podría considerar como un acto de guerra, ya que éstos provocan miles de muertes y daños, tanto físicos como materiales, todos los años en cualquier país, independientemente del grado de desarrollo de éste.
Y no me podrán decir que no está en sus manos el evitar muchas de estas acciones que acabo de mencionar. El pacifista indio Prem Rawat lo define de la siguiente forma:
“No es el mundo lo que hay que arreglar, sino las personas. En el momento en que cada ser humano esté en paz interiormente, habrá paz en el mundo.
La paz, la alegría y la auténtica felicidad no existen para que pensemos sobre ellas, sino para que las sintamos. Creemos que necesitamos una explicación de lo que es la paz, pero la paz no se puede explicar; sólo se puede sentir.
Las sociedades no tienen paz. Las sociedades no existen, como tampoco existen los gobiernos; sólo existe la persona. La paz es algo sencillo, algo que debe sentir cada individuo. Cuando olvidamos el significado de estar en paz y nos limitamos a aferrarnos a las fórmulas para lograrla, surgen los problemas.
La paz y la felicidad son inherente a nosotros mismos y, cuanto más intentamos provocarlas, más nos alejamos de ellas.”
Todo esto pueden parecer palabras muy bonitas pero a la hora de la verdad ustedes se preguntarán ¿y qué puedo hacer yo como individuo para que en el mundo se viva mejor? Es fácil, nadie les pide que hagan nada del otro mundo, simplemente que actúen de forma correcta en todo momento: ¿Han intentado hablar con el vecino cuando éste pone la radio muy fuerte en vez de contraatacar subiendo el volumen de la televisión?; puede que se lleven una sorpresa muy reconfortante. Les invito también a probar la sensación tan agradable que se experimenta cuando nos subimos en nuestro automóvil y nos proponemos respetar todas las señales de tráfico, sin importarnos lo que piensen los demás conductores, sin ponernos nerviosos cuando nos encontramos en medio de un atasco, el cual, seguramente, no habrá sido provocado por nadie en particular deliberadamente, y que tampoco podremos solucionar tocando el claxon o insultando a los conductores que nos preceden. Les animo a que se pongan en el lugar de la otra persona antes de criticarla, insultarla o hablar sobre ella sin que esté presente. Prueben también a pensar que su jefe sólo hace su trabajo cuando les llama la atención y que, si ustedes hicieran el suyo correctamente, seguramente no tendrían por qué enfrentarse. Conciénciense en que las palabras de por sí no tienen por qué hacer daño si uno no quiere. Intenten darle una limosna al anciano indigente que se encuentran todos los días cuando van al trabajo; a ustedes no les costará nada y verán lo contento que se pone él. Antes de decir una mentira, piensen en las consecuencias que podría acarrearles a ustedes o a otra persona.
Son sólo algunos ejemplos, seguro que a ustedes se les ocurrirán muchos más, de situaciones en las que nos vemos envueltos todos los días y que pueden romper la armonía y la paz en cualquier momento; tengan en cuenta también que dos no discuten si uno no quiere.
En la mayoría de las ocasiones, para que las cosas funcionen mejor, evitándose muchos problemas, no es necesario ser amables, ni educados, ni solidarios, ni siquiera «buena gente», sólo basta con algo muy sencillo: cumplir las leyes establecidas. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.
Evidentemente, con educación, solidaridad y empatía todo iría mucho mejor, es más, no serían necesarias ni las leyes, pero claro, esto si que es una utopía. Como decía Aristóteles:
“Cuando los hombre se aman unos a otros, no es necesaria la justicia. No hay nada más justo en el mundo que la justicia que se inspira en la benevolencia y en la afección”. Lo cierto es que en esta sociedad lo que prevalece es todo lo contrario: incumplir la mayoría de leyes posibles. Nadie va por ahí presumiendo de haber hecho un viaje en coche de mil kilómetros sin sobrepasar en ningún momento los límites de velocidad, sin embargo, de lo contrario estoy seguro de que todos conoceremos algún caso; y aunque nosotros no lo hagamos directamente, nos convertimos en cómplices cuando le reímos la gracia a quien sí lo hace en vez de reprenderle.
Si lo prefieren pueden pensar que el actuar correctamente es una acción puramente egoísta, ya que los primeros beneficiados vamos a ser nosotros mismos. No hay mayor felicidad que vivir entre gentes felices. Ya nos lo decía también Aristóteles:
“Los que obran bien son los únicos que pueden aspirar en la vida a la gloria y a la felicidad. Si los placeres del vulgo son tan diferentes y tan opuestos entre sí es porque no son, por su naturaleza, verdaderos placeres. Las almas cultas, que aman lo bello, sólo gustan de los placeres que por su naturaleza son placeres verdaderos, y lo son tales todas las acciones conformes a la virtud, que agradan a estos corazones bien nacidos, y les agradan únicamente por sí mismas. El que no encuentra placer en las acciones virtuosas no es verdaderamente virtuoso.” O también:
“Si todos los hombre luchasen únicamente por la virtud y dirigieran siempre sus esfuerzos a practicarla, la comunidad entera vería en conjunto todas sus necesidades satisfechas; y cada individuo en particular poseería el mayor de los bienes, puesto que la virtud es el más precioso de todos. Se llegaría a deducir esta doble consecuencia: de una parte, que el hombre de bien debe ser egoísta, porque haciendo el bien resultará a la vez un gran provecho personal y servirá al mismo tiempo a los demás; y de otra, que el hombre malo no es egoísta, porque sólo conseguirá perjudicarse a sí y dañar al prójimo, siguiendo sus malas pasiones. Toda inteligencia escoge siempre lo que es mejor para ella, y el hombre de bien sólo obedece a la inteligencia y a la razón.”
Después de esto podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que es de persona inteligente el actuar correctamente en todo momento, buscando, no sólo el bien de los demás, sino también, y sobretodo, el suyo propio. Piensen en esto a la hora de hacer la declaración de Hacienda, cuando conducen su vehículo, en el trabajo, cuando discuten con su pareja o amigos, a la hora de hablarles a sus hijos, cuando salen a la calle y se enfrentan con los desconocidos y, en general, en todos los momentos de sus vidas.
Otra cosa importante a tener en cuenta es que el Bien y el Mal se encuentran presentes en cada uno de nosotros en todo momento. Cualquiera de nosotros podría convertirse en determinadas circunstancias en el peor de los demonios, o bien, en todo lo contrario, sin que podamos hacer nada, o casi nada, por evitarlo. Esta idea la transmite muy bien el autor Paulo Coelho en su libro El demonio y la señorita Prym. En él, el santo le hace comprender al bandido que ambos son prácticamente iguales; los dos tienen los mismos deseos, sienten placer por las mismas cosas, también comparten sentimientos de odio y desprecio hacia lo mismo, disfrutan de igual manera, etc. Sólo les diferencia un detalle: el santo es capaz de controlar todos estos sentimientos. Precisamente, esa pequeña diferencia, es la que puede salvarnos en algún momento determinado de nuestras vidas de caer en las garras del demonio que todos llevamos dentro. También la sabiduría nos ayudará a reforzar este autocontrol que todos necesitamos para poder vivir en paz en todo momento, a pesar de las adversidades que, sin duda, surgirán cuando menos esperemos, haciendo peligrar esa tranquilidad y estabilidad a que estamos habituados.
No estoy muy seguro de haberles convencido pero les puedo asegurar que a mi no me cabe ninguna duda con respecto a que la sabiduría puede ayudarnos a conseguir la paz en el mundo. |