REYES MAGOS

No olvidaré jamás aquella mañana del seis de enero, hacía pocos días había cumplido mis primeros sesenta y un años. Durante la noche anterior un sueño extraño llenó mi corazón de dudas. Por eso me levanté muy temprano, no podía seguir durmiendo, algunas lágrimas mostraban mi tristeza.
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Me senté en el borde de la cama y seguí llorando, mientras recordaba al duende que en mis sueños me había dicho algo que yo no podía creer… por eso mi llanto y mi tristeza esa mañana del seis de enero.

Con su chillona voz de duende había dicho: 'Me extraña que a tu edad no lo sepas: los Reyes Magos no existen, son los adultos, generalmente los padres, los que compran los regalos'.

Siguió hablando, sin importarle mi dolor y aunque ya no quería escucharlo y hacía lo posible para alejarme de él, su voz aguda y su risita burlona resonaban en mis oídos, hasta que al fin pude despertar.

Inicié las tareas del día sintiéndome muy mal, sin deseos de hacer nada.
Para distraerme un poco y aliviar mi pena salí a caminar y me encontré con muchos chicos jugando en las calles y comentando entre ellos los regalos recibidos, que por cierto eran muy hermosos.
¡Claro!, pensé...los padres de estos niños tienen el dinero suficiente para comprárselos.

Seguí andando, sin rumbo fijo, y así pasé por un barrio más pobre, por el hospital, por la iglesia y por último llegué a un barrio de emergencia y vi que todos los niños tenían algún juguete entre sus manos.

Los sentimientos eran similares en todas partes. Padres e hijos del barrio rico, la iglesia o el hospital llevaban en sus rostros la misma expresión de felicidad, sin relación con el valor material de los regalos, se reflejaban en sus miradas la emoción, la alegría, la sorpresa, el amor, todo el amor.
Fue entonces que mis labios volvieron a sonreír.

Esperé la noche para hablar con el duende de mis sueños y cuando él llegó le conté lo que había visto.
Me escuchó con mucha atención y sonriente e inquieto como siempre, me dijo:
'Mientras haya gente buena, corazones abiertos, personas que amen a los niños, a las que nos les importe el color de la piel o la posición social, los Reyes Magos seguirán llegando, ellos jamás dejarán de venir'.

Su risita sonora se fue apagando, mientras se elevaba hacia el cielo.
Yo me quedé mirando cómo se perdía en la noche y entonces me pareció ver entre las estrellas las siluetas de los tres Reyes, montados en sus camellos, que se alejaban con las bolsas repletas de cartas ilusionadas.

Acaricié mi barba, como lo hago siempre que estoy feliz…una de aquellas cartas era mía.

De Francisco 'Pancho' Aquino
Escritor y poeta autodidacta, nacido en Berisso, Buenos Aires, el 14 de noviembre de 1939.
A los 53 años presentó su primer libro "Añoro", contando al presente con más de 45 títulos y 75 ediciones, en español, portugués, inglés, francés, italiano, quichua y guaraní.

HUYYY LA TECNOLOGÍA

Hablar de PC, ordenador o computadora, en estos tiempos es cotidiano…
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EL AÑO NUEVO

Dicen que cuando se acerca fin de año, los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra.
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- ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado.
Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo.

- Y bueno, todas esas son cosas muy importantes.

- Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo.

- ¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? - Dice el más joven y entusiasta de los ángeles.

- ¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano.

Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta 1os últimos minutos del último día del año.
Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía:

"Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor: sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres.
Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace.
Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad".

Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos.

Cuento de Francisco 'Pancho' Aquino

BUEN COMIENZO DE AÑO



FELIZ AÑO NUEVO
Mis mejores deseos a tod@s, entre ellos me detengo en la salud, la tolerancia, igualdad de derechos...


EL SUEÑO DE CARACOL

Aurelio Martínez, alias "Caracol" es un empleado de banco a punto de jubilarse. Desde hace más de 30 años planea el atraco perfecto a la sucursal en la que trabaja. Desde entonces la compañía de su mujer ha sido su único aliento.
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Pero desde la muerte de ésta, Aurelio se plantea cual es su destino en la vida. Se siente sólo, frustrado y sin ambiciones. Es por eso que Aurelio se convence de que merece la pena intentar dar el golpe y poder así, cumplir su "sueño".

LA HISTORIA DE NAVIDAD 2010

El 24 por la noche, mientras preparaba la mesa, la comida para celebrar la Nochebuena, escuchaba la radio –como lo hago siempre-.
Comenzó el programa Carrusel que conduce Omar Pereyra…aquí la historia…


Son Jorge Lencinas y Claudia. Viven en Unquillo con Celeste (15), Rocío (14), Catriel (13), Alan (9) y Luz (4). Jorge contó a Cadena 3 que su esposa lo sostuvo, cuando se enteró de que no podía procrear. “Dios nos regaló esta familia”, dijo.
Desafiando sus propios prejuicios, dolores y miedos, un matrimonio de la ciudad cordobesa de Unquillo formó, con la inmensa fuerza de su amor, una familia numerosa mediante la adopción de cinco chicos de diferentes edades.

A partir de una nota publicada el domingo por la revista Rumbos, que se distribuye con el diario La Voz del Interior -redactada por el periodista David Voloj y con fotografías de Raúl Carballo-, el programa Carrusel, que se emite por Cadena 3, entrevistó anoche a Jorge Lencinas, el padre de familia.

Jorge y Claudia comenzaron a adoptar hace 14 años y no pararon hasta llegar a los cinco chicos que hoy llenan de alegría sus vidas: Celeste (15), Rocío (14), Catriel (13), Alan (9) y Luz (4).

Una de las particularidades de este matrimonio es que llevaron a su hogar a chicos de diferentes edades, que ya eran “grandes”.

“Nosotros también teníamos prejuicios y temores sobre los niños más grandes. Pero la sabiduría de Dios y la creencia en él nos fueron dando la serenidad que necesitábamos y empezamos a comprender que sí se podía. Y así empezamos a buscar niños más grandes”, contó Jorge.

Los esposos se conocieron cuando tenían apenas 20 años. Los dos trabajaban en el Hospital de Niños. “Yo estaba en la sala de lactantes y ahí me conoció bañando niñas”, rememoró él.

Desde siempre los dos sintieron el impulso de cuidar a niños que estaban enfermos o que eran maltratados. Y se habían prometido, cuando aún no sabían que no podían tener hijos, que algún día adoptarían, además de tener los chicos biológicos que les diera la vida.

Con el coraje y la gracia de quienes han transformado con la fuerza del amor las hondas desilusiones de la existencia, Jorge confesó que quien tiene el impedimento es él.

“Tengo una señora que me supo llevar cuando bajé los brazos y parecía que se me acaba la vida por no poder procrear niños propios -dijo agradecido-. Vengo de una familia numerosa y siempre soñé con seguir con ese ritual de tener muchos hijos. Y, de repente, me encontré con eso”.

Luego de numerosos e infructuosos tratamientos de fertilidad, les llegó una iluminación: “La sabiduría del de arriba me dijo: 'Una vez me prometieron que, si tenían hijos biológicos, lo mismo iban a adoptar'. Y el Flaco de arriba nos empezó a regalar esta familia”.

Primero llegó Rocío, hace 14 años, cuando la pequeña tenía tres años y medio. “Nos empezó a llegar el corazón de algo que nos faltaba y ahí empezó la historia de esta familia”, relató Jorge.

Luego fue el turno de Catriel, que hoy tiene 13 años, y se perfila como un gran nadador y está muy cerca de federarse para competir. Lo adoptaron cuando ya tenía 9 años y hacía 5 que estaba en una institución de menores.

“Por ahí la Justicia no lo asume y los chicos son muchas carpetas -dijo en tono crítico-. Yo sé que afirmar esto me va a traer muchos problemas”.

En este contexto de cuestionamiento, contó cómo fue la llegada de Alan, que hoy tiene 9 años: “Nos dijeron que tenía 2 años, cuando estaba por cumplir 5. Los niños son carpetas y no criaturas”, insistió.

“Alan era un demonio, muy inquieto. Él estaba depresivo en el instituto. Era un ente, pero en casa nos demostró que tenia vida”, relató.

Con Alan, llegó “el combo”, como lo denomina Jorge. “Un día el juez nos dijo que había un problema y se nos vino el mundo abajo, porque pensábamos que había aparecido algún familiar. Pero era que había una hermanita biológica de Alan, Luz, que tenía un año de vida. Y el juez nos planteó que, si no venían los dos, Alan no podía estar en casa”.

“Nosotros nos planteamos que, donde comían cuatro, podían llegar a comer seis”, afirmó.

Por último, se sumó a la familia Celeste, que es la más grande en edad y ahora tiene 15 años. “Llegó con 13 años a casa”, comentó su papá.

“Yo trabajaba en los Juzgados Correccionales de Menores y llevaba chicos a los tribunales. Un día me tocó hacer un viaje a Cruz del Eje. Ahí me planteó el equipo técnico si podía traerla a Celeste, porque había perdido su infancia cinco años en una institución”, narró.

Actualmente, Jorge cambió de trabajo y da clases de oficios a adultos en el marco de un programa del Ministerio de Trabajo. Explicó que decidió descansar un poco de los Correccionales de Menores, donde estuvo 13 años. Su mujer, Claudia, se desempeña en el área administrativa de un colegio.

Al ser consultado acerca de si la familia tienen alguna necesidad material, Jorge, con humildad y con signos de no querer hacer ningún pedido, dijo: “Si existiera la posibilidad de que alguien tenga un vehículo grande, una Traffic, yo lo pago. De contado no puedo, necesito la financiación”.

Jorge tiene una vieja estanciera, pero no puede transitar por las rutas con toda la familia porque no le alcanzan los espacios y no hay cinturones de seguridad para todos.

Finalmente, Jorge describió la inolvidable sensación: “No te imaginás lo que fue llevarlos al cine, que sientan el sonido envolvente. No sabés los gritos que pegaban”.

Diálogo de Omar Pereyra aquí pueden escuchar!

Mientras se iba dando la entrevista, era una charla de amigos, ya que Omar Pereyra así lo hizo sentir...le anunciaron que Omar y sus amig@s le regalaban una Traffic -camioneta-, en pocos minutos llamó una persona para regalarle el seguro de por vida, pocos más: el aire acondicionado!

Quién haya estado alguna vez en un orfanato o como le llamen, podrá apreciar que los niños mayores no son adoptados, por eso doblemente enternecedor, la maravilla de ser papás del corazón! ese amor incoparable con ninguno!

Omar no pudo hablar, su compañera María Eugenia siguió con la conversación, en el estudio lloraban todos...seguramente hay muchas familias 'Lencinas', a todas ellas mi admiración!

♪ FELIZ NAVIDAD ♪

En mi familia celebramos la llegada del Niño Jesús o Niño Dios...ésta canción representa el sentimiento...


Cuando José, el carpintero,
supo que iba a ser papá,
levantó a María en brazos
para ponerse a bailar.

Nadie puede imaginar
que el esposo de María
era capaz de cantar.

No necesito decir
lo hermosa que era María
una perla en cada oreja,
hay mucha bibliografía.

Todo iba de maravilla
en el hogar de José,
no se hablaba de otra cosa
que del próximo bebé.

Por la noche conversaban
cómo lo iban a llamar,
a él le gustaba Jesús
a ella le daba igual.

La dicha se interrumpió,
afirman las Escrituras,
al mismo tiempo que Herodes
decretó la mano dura.

Se mandaron a mudar,
vendieron lo que tenían,
ni siquiera se salvaron
las dos perlas de María.

Mirando las estampitas,
nadie puede imaginar
que el esposo de María
era capaz de pelear.

Parecían dibujitos
atravesando el desierto,
los dos a punto de entrar
en el Nuevo Testamento.

Dormían a cielo abierto,
muchas veces no comían,
él le daba calorcito
con la mano en la barriga.

Terminaron en Belén,
un pueblo de cien ovejas,
un pesebre, luna llena
y un montón de casas viejas.

La soledad del lugar,
los dolores de María,
José golpeaba las puertas
pero nadie las abría.

Mirando estampitas
nadie podría decir
que el esposo de María
era capaz de rugir.

Por un lado la fatiga,
por el otro el embarazo,
José se enfrentó al pesebre
y lo abrió de un rodillazo.

Esto es música, señores,
esto es puro sentimiento,
un hombre y una mujer
compartiendo un nacimiento.

Mirando las estampitas
nadie puede imaginar
que el esposo de María
era capaz de llorar.

Aquí la canción el la voz de Jairo, que compuso junto a Daniel Salzano: pinchar en la imágen





A tod@s l@s amiguit@s pequeños, a l@s amig@s mayores, mis deseos de mucha Paz, Salud

TRÁGICA HISTORIA CON FINAL FELIZ

"Las historias que me gustan contar siempre son sencillas, de gente que he conocido. Algunos todavía están vivos, otros muertos. Ellos han pasado desapercibidos por el mundo y han sido olvidados rápidamente. Estoy interesada en los misterios, los pequeños dramas y la poesía oculta en sus vidas aparentemente banales. Ellos son mis héroes y modelos a seguir"...Regina Pessoa
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Regina Pessoa: Vivió hasta los 17 años en un pueblo cerca de Coimbra (Portugal), la ausencia de la televisión hizo que dedicara su tiempo libre leyendo, escuchando a los mayores contar historias y dibujar, con el apoyo de su tío, paredes y puertas de la casa de la abuela con carbón.
Se fue a Puerto estudio de arte y se licenció en Pintura en la Facultad de Bellas Artes, Universidad de Porto en 1998. También durante la graduación asistió a varios talleres y participó en la animación Espace Proyectos ( Annecy ), en 1995 con La Noche (proyecto de) la película que se completaría en 1999.

En 1992 comenzó a trabajar para el Filmógrafo - Cine de Animación de Estudio de Oporto- donde trabajó como animadora en varias películas de los Raiders de 1993, Feijó.

Visto en: Vagabundia

EN DEFENSA PROPIA

Los relatos pueden ser breves, les aviso que el que continúa es extenso
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Era sábado, serían las diez de la mañana.

En un descuido, mi hijo mayor, que es el diablo, trazó con un alambre un garabato en la puerta del departamento vecino. Nada alarmante ni catastrófico: un breve firulete, acaso imperceptible para quien no estuviera sobre aviso.

Lo confieso con rubor: al principio —¿quién no ha tenido estas debilidades?— pensé en callar. Pero después me pareció que lo correcto era disculparme ante el vecino y ofrecerle pagar los daños. Afianzó esta determinación de honestidad la certeza de que los gastos serían escasos.

Llamé brevemente. De los vecinos sólo sabía que eran nuevos en la casa, que eran tres, que eran rubios. Cuando hablaron, supe que eran extranjeros. Cuando hablaron un poco más, los supuse alemanes, austríacos o suizos.

Rieron bonachonamente; no le asignaron al garabato ninguna importancia; hasta fingieron esforzarse, con una lupa, para poder verlo, tan insignificante era.

Con firmeza y alegría rechazaron mis disculpas, dijeron que todos los niños eran traviesos, no admitieron —en suma— que yo me hiciera cargo de los gastos de reparación.

Nos despedimos entre sonoras risotadas y con férreos apretones de manos.
Ya en casa, mi mujer —que había estado espiando por la mirilla— me preguntó, anhelante:
—¿Saldrá cara la pintura?
—No quieren ni un centavo —la tranquilicé.
—Menos mal —repuso, y oprimió un poco la cartera.

No hice más que volverme, cuando vi, junto a la puerta, un pequeñísimo sobre blanco. En su interior había una tarjeta de visita. Impresos, en letras cuadraditas, dos nombres: GUILLERMO HOFER Y RICARDA H. KORNFELD DE HOFER. Después, en menuda caligrafía azul, se agregaba: «y Guillermito Gustavo Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y les piden mil disculpas por el mal rato que pudieron haber pasado por la presunta travesura —que no es tal— del pequeño Juan Manuel Sorrentino al adornar nuestra vieja puerta con un gracioso dibujito».

—¡Caramba! —dije—. Qué gente delicada. No sólo no se enojan, sino que se disculpan.

Para retribuir de algún modo tanta amabilidad, tomé un libro infantil sin estrenar, que reservaba como regalo para Juan Manuel, y le pedí que obsequiara con él al pequeño Guillermito Gustavo Hofer.

Ése era mi día de suerte: Juan Manuel obedeció sin imponerme condiciones humillantes, y volvió portador de millones de gracias de parte del matrimonio Hofer y de su retoño.

Serían las doce. Los sábados suelo, sin éxito, intentar leer. Me senté, abrí el libro, leí dos palabras, sonó el timbre. En estos casos, siempre soy el único habitante de la casa y mi deber es levantarme. Emití un resoplido de fastidio, y fui a abrir la puerta. Me encontré con un joven de bigotes, vestido como un soldadito de plomo, eclipsado tras un ingente ramo de rosas.

Firmé un papel, di una propina, recibí una especie de saludo militar, conté veinticuatro rosas, leí, en una tarjeta ocre: «Guillermo Hofer y Ricarda H. Kornfeld de Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y al pequeño Juan Manuel Sorrentino, y les agradecen el bellísimo libro de cuentos infantiles —alimento para el espíritu— con que han obsequiado a Guillermito Gustavo.»

En eso, con bolsas y esfuerzos, llegó del mercado mi mujer:
—¡Qué lindas rosas! ¡Con lo que a mí me gustan las flores! ¿Cómo se te ocurrió comprarlas, a vos que nunca se te ocurre nada?
Tuve que confesar que eran un regalo del matrimonio Hofer.
—Esto hay que agradecerlo —dijo, distribuyendo las rosas en jarrones—. Los invitaremos a tomar el té.
Mis planes para ese sábado eran otros. Débilmente, aventuré:
—¿Esta tarde...?
—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

Serían las seis de la tarde. Esplendorosa vajilla y albo mantel cubrían la mesa del comedor. Un rato antes, obedeciendo órdenes de mi mujer —que deseaba un toque vienés—, debí presentarme en una confitería de la avenida Cabildo, comprar sándwiches, masas, postres, golosinas. Eso sí, todo de primera calidad y el paquete atado con una cintita roja y blanca que realmente abría el apetito. Al pasar frente a una ferretería, una oscura ruindad me impulsó a comparar el importe de mi reciente gasto con el precio de la más gigantesca lata de la mejor de todas las pinturas. Experimenté una ligera congoja.

Los Hofer no llegaron con las manos vacías. Los entorpecía —blanca, cremosa y barroca— una torta descomunal que hubiera alcanzado para todos los soldados de un regimiento. Mi mujer quedó anonadada por la excesiva generosidad del presente. Yo también, pero ya me sentía un poco incómodo. Los Hofer, con su charla hecha sobre todo de disculpas y zalamerías, no lograban interesarme. Juan Manuel y Guillermito, con sus juegos hechos sobre todo de carreras, golpes, gritos y destrozos, lograban alarmarme.

A las ocho me hubiera parecido meritorio que se retiraran. Pero mi mujer me musitó al oído, en la cocina:
—Han sido tan amables. Semejante torta. Tendríamos que invitarlos a cenar.
—¿A cenar qué, si no hay comida? ¿A cenar por qué, si no tenemos hambre?
—Si no hay comida aquí, habrá en la rotisería. En cuanto al hambre, ¿quién dijo que es necesario comer? Lo importante es compartir la mesa y pasar un rato divertido.
A pesar de que lo importante no era la comida, a eso de las diez de la noche, cargado como una mula, transporté, desde la rotisería, enormes y fragantes paquetes. Una vez más, los Hofer demostraron que no eran gente de presentarse con las manos vacías: en un cofre de hierro y bronce trajeron treinta botellas de vino italiano y cinco de coñac francés.

Serían las dos de la mañana. Extenuado por las migraciones, ahíto por el exceso de comida, embriagado por el vino y el coñac, aturdido por la emoción de la amistad, me dormí al instante. Fue una suerte: a las seis, los Hofer, vestidos con ropas deportivas y protegidos los ojos con lentes ahumados, tocaron el timbre. Nos llevarían en automóvil a su quinta de la vecina localidad de Ingeniero Maschwitz.

Mentiría quien dijese que este pueblo está pegado a Buenos Aires. En el coche pensé con nostalgia en mi mate, en mi diario, en mi ocio. Si mantenía abiertos los ojos, me ardían; si los cerraba, me quedaba dormido. Los Hofer, misteriosamente descansados, charlaron y rieron durante todo el trayecto.

En la quinta, que era muy linda, nos trataron como a reyes. Tomamos sol, nadamos en la pileta, comimos delicioso asado criollo, hasta dormí una siestita bajo un árbol con hormigas. Al despertarme, caí en la cuenta de que habíamos ido con las manos vacías.
—No seas guarango —susurró mi mujer—. Aunque sea comprále algo al chico.

Fui a caminar por el pueblo con Guillermito. Ante el escaparate de una juguetería le pregunté:
—¿Qué querés que te compre?
—Un caballo.
Entendí que se refería a un caballito de juguete. Me equivocaba: volví a la quinta en ancas de un bayo brioso, sujeto de la cintura de Guillermito y sin siquiera un cojinillo para mis asentaderas doloridas.
Así pasó el domingo.

El lunes, al volver de mi empleo, encontré al señor Hofer enseñándole a Juan Manuel a manejar una motocicleta.
—¿Cómo le va? —me dijo—. ¿Le gusta lo que le regalé al nene?
—Pero si es muy chico para andar en moto —objeté.
—Entonces se la regalo a usted.
Nunca lo hubiera dicho. Al verse despojado del reciente obsequio, Juan Manuel estalló en una rabieta estentórea.
—Pobrecito —comprendió el señor Hofer—. Los chicos son así. Vení, querido, tengo algo lindo para vos.

Yo me senté en la motocicleta y, como no sé manejar, me puse a hacer ruido de motocicleta con la boca.
—¡Alto ahí o lo mato!
Juan Manuel me apuntaba con una escopeta de aire comprimido.
—Nunca dispares a los ojos —le recomendó el señor Hofer.
Hice ruido de frenar la motocicleta, y Juan Manuel dejó de apuntarme. Subimos a casa muy contentos los dos.
—Recibir regalos es muy fácil —señaló mi mujer—. Pero hay que saber retribuir. A ver si te hacés notar.

Comprendí. El martes adquirí un automóvil importado y una carabina. El señor Hofer me preguntó por qué me había molestado; Guillermito, del primer tiro, rompió el farol del alumbrado público.
El miércoles los regalos fueron tres. Para mí, un desmesurado ómnibus de viajes internacionales, provisto de aire acondicionado y servicios de baño, sauna, restaurante y salón de baile. Para Juan Manuel, una bazuca de fabricación vietnamita. Para mi mujer, un lujoso vestido blanco de fiesta.
—¿Dónde voy a lucir el vestido? —comentó, decepcionada—. ¿En el ómnibus? La culpa es tuya, que nunca le regalaste nada a la señora. Por eso ahora me regalan limosnas.
Un estampido horrendo casi me dejó sordo. Para probar su bazuca, Juan Manuel acababa de demoler, de un solo disparo, la casa de la esquina, por fortuna deshabitada tiempo ha.

Pero mi mujer seguía con sus quejas:
—Claro, para el señor, un ómnibus como para ir hasta el Brasil. Para el señorito, un arma poderosa como para defenderse de los antropófagos del Mato Grosso. Para la sirvienta, un vestidito de fiesta...Estos Hofer, como buenos europeos, son unos tacaños...

Subí a mi ómnibus y lo puse en marcha. Me detuve cerca del río, en un paraje solitario. Allí, perdido en el desaforado asiento, gozando de la fresca penumbra que me brindaban los visillos corridos, me entregué a la serena meditación.
Cuando supe exactamente qué debía hacer, me dirigí al ministerio a ver a Pérez. Como todo argentino, yo tengo un amigo en un ministerio, y este amigo se llama Pérez. Por más que soy muy emprendedor, en este caso necesitaba que Pérez interpusiera su influencia.
Y lo logré.

Vivo en el barrio de Las Cañitas, al que ahora le dicen San Benito de Palermo. Para extender una vía férrea desde la estación Lisandro de la Torre hasta la puerta de mi casa, fue necesario el trabajo silencioso, fecundo e ininterrumpido de un multitudinario ejército de ingenieros, técnicos y obreros, quienes, utilizando la más especializada y moderna maquinaria internacional, y tras expropiar y demoler las cuatro manzanas de suntuosos edificios que otrora se extendían por la avenida del Libertador entre las calles Olleros y Matienzo, coronaron con éxito rotundo tan valerosa empresa. De más está puntualizar que sus dueños recibieron justa e instantánea indemnización. Es que con un Pérez en un ministerio no existe la palabra imposible.

Esta vez quise darle una sorpresa al señor Hofer. Cuando el jueves, a las ocho de la mañana, salió a la calle, encontró una reluciente locomotora diésel, roja y amarilla, enganchada a seis vagones. Sobre la puerta de la locomotora, un cartelito rezaba: BIENVENIDO A SU TREN, SEÑOR HOFER.
—¡Un tren! —exclamó—. ¡Un tren, todo para mí solo! ¡El sueño de mi vida! ¡Desde chico que quiero manejar un tren!
Y, loco de contento y sin siquiera agradecerme, subió a la locomotora, donde un sencillo manual de instrucciones lo esperaba para explicarle cómo conducirla.
—Pero espere —dije—, no sea abombado. Mire lo que le compré a Guillermito.
Un poderoso tanque de guerra destruía con sus orugas las baldosas de la acera.
—¡¡¡Bieeeennn!!! —gritó Guillermito—. ¡Con las ganas que tengo de tirar abajo el obelisco!
—Tampoco me olvidé de la señora —añadí.
Y le entregué, recién recibido de Francia, el más fino y delicado tapado de visón.

Como eran ansiosos y juguetones, los Hofer quisieron estrenar en ese mismo instante sus regalos.
Pero en cada obsequio yo había colocado una pequeña trampa.
El tapado de visón estaba interiormente recubierto de una emulsión mágica evaporante que me había cedido un hechicero del Congo, de manera que, apenas se envolvió con él, la señora Ricarda se achicharró primero y luego se convirtió en una tenue nubecilla blancuzca que se perdió en el cielo.
No bien Guillermito efectuó su primer cañonazo contra el obelisco, la torreta del tanque, accionada por un dispositivo especial, salió disparada hacia el espacio y depositó al pequeño, sano y salvo, en una de las diez lunas del planeta Saturno.
Cuando el señor Hofer puso en marcha el tren, éste, incontrolable, se lanzó raudamente por un viaducto atómico cuyo itinerario, tras cruzar el Atlántico, el noroeste del África y el canal de Sicilia, concluía bruscamente en el cráter del volcán Etna, que por esos días había entrado en erupción.

Así fue como llegó el viernes, y no recibimos ningún regalo de los Hofer. Al anochecer, mientras preparaba la comida, mi mujer dijo:

—Sea uno amable con los vecinos. Póngase en gastos. Que tren, que tanque, que visón. Y ellos, ni una tarjetita de agradecimiento.


El relato pertenece al escritor Fernando Sorrentino nacido en Buenos Aires.

SER MAMÁ 4

Cuando me refiero a que ser mamá no es fácil, es porque puedo ver ahora a la distancia, mis hijas son grandes, casi mujercitas, todo ese caminito recorrido cuando bebes, niñas, adolescentes, los problemas a sortear, cuando una se encuentra sola porque el papá está destinado en otra ciudad, tomar las decisiones aquí y ahora…no se puede esperar al fin de semana o los meses que se pasan fuera.
Es el oficio que me gusta, deseaba tener al menos 6 hijos, una familia grande. Se ha suplido con ahijad@s, sobrin@s y los sobri-nietitos.
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Mirando fotos cuando niñas, encontré las del Árbol de Navidad y Pesebre…mamá es pésima sacando fotos, si no corta la cabeza, corta los pies...

Ellas me ayudaban a armarlo, cuando Carla comenzó el Jardín de Infantes, allí les enseñaron a confeccionar tarjetitas, arreglos…Lucía se incorporaba a hacer como su hermana…el árbol quedaba con sus adornos.
El Niño Jesús dormía cada noche con ellas, se pusieron de acuerdo: hoy es para mi, mañana para vos…lo tapaban, le daban besos.

A Carla, le tuvimos que decir quién era el Niño Jesús siendo muy pequeñita, aterrorizada con su llegada, como así con los Reyes Magos, el Ratón Pérez…supo guardar el secreto y no contarle nada a su hermana hasta muy grande.

Lucía siempre tuvo una imaginación impresionante: ella veía un arco iris en el cielo, al Niño Jesús bajando por él con estrellas multicolores, como así los Reyes.
A veces nos confundía, nosotros los adultos estabamos confundidos, ella lo tenía claro, estaba el arco iris y ya!

La decepción ‘mamá miente’: todos los años l@s compañer@s de la escuela primaria le decían: son los padres, son los padres! ella venía a preguntarme y le respondía que sí existían…hasta que por temor de las burlas, le dije la realidad …tremenda desilusión ¡Mamá no dice la verdad!’

Ya las dos sabiendo, seguían dejando las cartitas en Navidad y Reyes.

Jugaban a disfrazarse, con semejante calor con la ropita de los muñecos!

FLAVIA CUMPLE 23 AÑOS

Flavia, es una joven que vive en São Paulo. Ella se encuentra en estado de coma desde hace más de 12 años, luego que sus cabellos fueran asidos por la bomba de succión de la piscina donde vivían.


Nuestra niña, no ha despertado. Odele, su mamá, ha luchado porque la empresa reconociera el daño causado, se ha convertido en una mujer que lucha para que en clubes, hoteles...las condiciones sean óptimas para que no sucedan hechos como los ocurrido a Flavia.

En su blog pueden leer: Sodramar ha creado una tapa que no permite la succión de las personas que permanecen en las piscinas, sus iniciales son FSB Flavia Souza Belo.


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HOY: HABLAMOS DE MIKA

Elegí ésta reseña que hace Rosío, sobre la Navidad de Mika en el año 2009.
Creo que sin lugar a dudas este año fue el primero que gozaste y te entusiasmaste por cada uno de los ritos occidentales que se acostumbran por estas fechas.

Es por ello que una de las primeras cosas que te entusiasmo fue armar el belén/nacimiento.
Hago aquí una parada para registrar que por múltiples videos y libros utilizas muchas palabras que no se utilizan en el país pero si en España. Por eso el nacimiento lo conoces como Belén, las medias como calcetín, el balde como cubeta y la refrigeradora como nevera, etc., etc. Ya que la lista se haría muy larga.

Bueno sigamos con el belén. Aprovechamos en comprarlo algunos días antes de la navidad, el cual ante tu algarabía y mi apuro terminamos armándolo juntas,
Demás esta decirte que ya conoces cada uno de sus integrantes y de tantos moverlos de su sitio, terminaste rompiendo la cabeza de San José, acción que fuiste corriendo a comunicar a papá diciéndole pega cabeza por favor papá.

Como papá debe analizar cada uno de los pegamentos disponibles en el mercado para ver cual hará mayor efecto (si así es de detallista), dejo para después esa tarea. Pero lo que más no sorprendió y nos dio risa fue que reemplazaste a San José por un pastor y posteriormente por un rey mago.

Este año por falta de tiempo no pudimos comprar el árbol, así que aprovechamos el árbol de la tía Silvia para colocar los regalos. Este año como nunca tuviste varios regalos, es que una supuesta deuda de una tienda de departamentos terminó siendo un saldo a nuestro favor. Así que ante la imposibilidad de que se nos devolviera el dinero, terminamos comprando juguetes para ti.


Otras de las cosas que es importante registrar fue que no tuviste ningún inconveniente con los juegos pirotécnicos, hecho que me preocupó inicialmente por tu sensibilidad auditiva. Pero no, los aceptaste sin mayor problema, es que estos juegos pirotécnicos han vuelto con furor, tras algunos años de estar prohibidos por una tragedia que se suscito en el país hace ya 8 años.

Ya en la noche de navidad, disfrutaste la cena en familia, sin mayor inconveniente ya que logramos conseguir un panetón (sin gluten y caseína) el cual disfrutaste mucho. A las 12 abrimos regalos y después de ver los que te toco elegiste el que me más te gusto, que consistía en una juguete en forma de manzana con todos las letras del abecedario cada letra tiene una figura y en la primera opción puedes escuchar un sonido (estimulación auditiva) asociado al dibujo. Después te pide encontrar una letra o el dibujo asociado (atención), después te pide deletrear una palabra y otras dos acciones más que no me acuerdo. Pero al final ese juguete termino siendo literalmente la manzana de la discordia, ya que suscito encontronazos entre tú y Danielita. Por momentos aceptabas prestarle ya que te ponías a bailar mientras “tocabas” tu piano. Con respecto al camión de bomberos este no tuvo el éxito esperado, la razón te empeñaste muchas veces en abrir las puertas para meter a los bomberos dentro, pero como no lo conseguiste simplemente terminaste ignorándolo.

Y finalmente me diste mi mejor regalo de navidad, como fue sorpresivo no tuve tiempo de tomarle una foto, así que lo mostraré después, apenas consiga una foto de “él”, para que quede registrado para la posteridad.

En definitiva una navidad en familia llena de disfrute y tranquilidad.

CUENTO DE NAVIDAD

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible.

Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
- ¿Qué haremos?
- Nada, ¿qué podemos hacer?
- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
- Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
- ¿Qué...? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
- Quiero mirar por el ojo de buey.
- Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
- Espera un poco --dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
- Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.

La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis.
- Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
- Pero... -empezó a decir la madre.
- Sí -dijo el padre. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
- Ya es casi la hora.
- ¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
- Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
- No entiendo.
- Ya lo entenderás -dijo el padre. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
- Entra, hijo.
- Está oscuro.
- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. el niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
- Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

Imágenes: Google

LA MUJER DE OTRO

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.

La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.

- Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.
Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.

- Eso es cierto -dijo él, pensativo-
- No creo que haya habido nadie que la conociera realmente-
Sonrió, sin resentimiento.
- Yo, por lo menos, no la conocí nunca-

Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.

Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.
Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.
- Perdóneme el aspecto -dijo él-, estoy solo y no esperaba a nadie-
Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.

Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.
- Pase, pase -decidió de pronto- me cambio en un minuto
- No, por favor, -pensé decirle que mejor me iba- pero me interrumpió mi propia voz - No tiene por qué cambiarse-
Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.

- ¿Toma mate?- me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.
- Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.
- Usted se preguntará a qué vine
- No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos
Sonrió, con los ojos fijos en el mate
- Pero, ya que lo dice: a qué vino
Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás.
O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.

El acababa de preguntarme a qué había venido.
- No sé- hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola
- Curiosidad- dije
- Me doy cuenta- murmuró él
No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.

Llegué a mi departamento después de la una de mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.

En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.
- Fotos- dije
No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.

- Fotos- repitió él. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.
- Es un poco tarde- dije.
- No son tantas- dijo él, poniéndose de pie. Hace mucho que no las miro.
Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió.

Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.
Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía:
Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.
Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.
- Ésta es linda- dijo.
Carolina, junto a un buzón, se reía.
- Sí- dije sin pensar. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.
- Nunca había vuelto a mirarlas, solo es distinto-
- Usted no está en ninguna de las que me mostró- -le dije-
- Bueno, yo era el fotógrafo- -dijo él-

Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.
Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.
- Era muy hermosa, ¿no es cierto?-
Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda
- Sí -le dije-. Era muy hermosa.
Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.

Por Abelardo Castillo
Imágenes: Google